viernes, 27 de enero de 2012

No culpable


Libre de mácula, renacido tras el calvario, más moreno y sonriente que nunca. Así es como el no culpable Camps sale del juzgado. Abrazado y besado por su honorable familia, Camps sube en su cochazo, se relaja en el asiento y nos envía una larga y apestosa pedorreta. Dedicada con todo su cariño a los ciudadanos que le han votado y absuelto.
¿Qué esperábamos?
Por supuesto, el sistema protege a los suyos. Pero además, los ciudadanos comprenden y premian sus “relaciones mercantiles”, pues todos hubiésemos hecho lo mismo estando en su posición. Lástima que nuestra posición sea la de lamerle los zapatos y olerle los pedos.
Esperemos que al menos alguno haya aprendido la lección y deje de decir tonterías como “los banqueros a prisión”. Los banqueros, los políticos, los jefes y la policía siempre van al cielo. Ese es el mundo que consentimos y afianzamos cada vez que confiamos en su justicia o reclamamos más regulación.

lunes, 16 de enero de 2012

Las nuevas variaciones de la servidumbre voluntaria


La mayoría de los análisis que se realizan en torno al proceso de servidumbre voluntaria en el que vivimos inmersos, señalan al miedo como el mayor impedimento para la búsqueda de la autonomía. De este modo, parece que tendríamos miedo a perder nuestro “nivel de vida”, esas pequeñas migajas que consiguen hacernos sentir socialmente integrados. Igualmente, el trabajador debería hacer frente al terror de perder su propio empleo cada vez que exige la mejora de sus condiciones laborales. Y, en definitiva, cada acto de rebeldía nos acobarda porque podría acarrear consecuencias que pueden empeorar nuestra situación y la de nuestra familia.
            Es cierto que continuamente se producen las represalias en el puesto de trabajo y que cualquiera que trate de alzar la voz y convertirse en sujeto político corre el riesgo de ser señalado, segregado e, incluso, perseguido. Sin embargo, actualmente no es el factor determinante, porque el miedo siempre puede superarse y, de hecho, se ha superado en situaciones mucho peores, cuando se ponía en juego la propia vida de quienes se enfrentaban a la injusticia. Además, la forja de los rebeldes no está aún socialmente mal vista y esto se puede ver en la valoración social que poseen movimientos contestatarios como el 15M. Por otro lado, la población ha podido comprobar que salir a la calle no significa convertirse automáticamente en un mártir, pues la represión violenta aún no se ha puesto realmente en marcha (aunque es probable que Rajoy se emplee a fondo en los próximos meses). Entonces, ¿qué es lo que nos está impidiendo en último término tener el coraje para liberarnos de esa esclavitud y afrontar el miedo?
            En el contexto de crisis sistémica actual, la servidumbre voluntaria no se sostiene exclusivamente sobre el miedo, sino sobre un sentimiento más ambiguo, el de la vergüenza. Los recortes que se están ejecutando se posan sobre una idea interiorizada en toda la población: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Todos y cada uno de nosotros somos culpables, todos nos beneficiamos de un bienestar que era completamente ilusorio, de un nivel de vida insostenible y por eso ahora tenemos que pagar. La vergüenza es un sentimiento más persistente que el miedo, muy difícil de superar, algo íntimo e inalienable y que aumenta si se habla de él. Por eso la población no sólo acepta los recortes como irremediables, sino que en un afán de masoquismo aparentemente irracional, legitima su servidumbre y humillación participando en la pantomima de las elecciones. De este modo nos vamos precipitando en el calvario merecido donde debemos expiar las culpas o morir en el intento, arañando un poco más del dolor que ha de purificarnos.
            La vergüenza se ha convertido en el discurso fundamental que elaboran los políticos, los tertulianos, los periodistas y los espabilados de turno. Quienes nos gobiernan nos repiten una y otra vez su deshonra por no haber previsto la crisis, de ahí la inevitabilidad de los recortes a pesar del dolor con el que se llevan a cabo (¡hay quien los ha visto derramar lágrimas!). Nadie supo nada del desastre que nos está embistiendo de una manera inhumana, ya sólo podemos centrarnos en salvar a los más débiles mientras el resto lucha por garantizar su supervivencia (quién iba a decirnos que volvería el darwinismo social más zafio). Un ejemplo de esa usurpación de la dignidad social es el cospedaliano “Plan de garantía de los servicios sociales básicos”, que vuelve a hundir en la vergüenza a aquellos que tienen que recurrir a la caridad de los servicios del Estado. El mensaje de los medios se ha escuchado nítidamente: en lugar de ahorrar, hemos despilfarrado las riquezas que teníamos y encima tenemos la desvergüenza de exigirle más al estado. Y, para colmo, nuestras miserias y dolor cotidiano alimentan el espectáculo con imágenes de desahucios, manifestaciones, colas a las puertas del inem y padres de familia que suplican un empleo en una sucesión grotesca y caótica.
            Poco importa que busquemos a los culpables “reales”, porque ni los movimientos contestatarios son capaces de ir más allá del binomio banqueros/políticos en un exorcismo difícil de realizar de tan lejano que es nuestro enemigo. Sí, fueron ellos los que nos contaron la trola y los que se enriquecieron a nuestra costa. Pero fui yo y nadie más que yo quien se dejó engañar. La ignominia no cae sobre ellos, pues ellos sí que se han beneficiado y seguirán beneficiándose, sino sobre nosotros que fuimos usados como marionetas. Quitar la máscara al sistema y descubrir los engranajes ya no supone más que aceptar la humillación de haber sido esclavizado y, lo que es peor, la imposibilidad de subvertir esta situación. Estamos, pues, asistiendo a la nueva formalización del contrato social esclavista, la servidumbre aceptada de un proletariado que hace décadas que perdió su dignidad (concepto en desuso por motivos obvios).
            La tragedia cotidiana de cada familia genera una mancha difícil de purificar. El fracaso personal que supone estar en paro, no poder pagar la hipoteca, no llegar a fin de mes, no poder alimentar y vestir en condiciones a tus hijos ata de pies y manos a cualquier desgraciado. Y te hundes un poco más con esa conmiseración social de aquellos que te miran de reojo en el colegio cuando vas a recoger a los niños, mientras les oyes cuchichear “¡qué pena!”. Pero esa misma gente que humilla con su misericordia a los pecadores que se hipotecaron en un piso de 60 m2, piensan mientras tanto “cualquier día me tocará a mí y también me lo tendré merecido”. Porque aún estamos en “el principio del principio”, lo peor siempre está por llegar y será imposible eludirlo. Por eso no hay censura a las manifestaciones en defensa de la educación o la sanidad, todo el mundo las comprende como el lamento colectivo por lo perdido, aceptando que aún vamos a perder más.
            Además, la cadena de servidumbre que acarreamos no acaba en nuestro gobierno o nuestra hipoteca, sino que banca y políticos, a su vez están sometidos a los dirigentes europeos, a otros bancos, a los mercados y al omnipotente e insondable Capital.  Socavando, todo ello, un poco más nuestra autoestima y apretando hasta lo insoportable las cadenas (tan insoportable es que nadie es capaz de librarse, si quiera un rato, del discurso de la crisis). Como ilusos colegiales esperamos ansiosos las nuevas calificaciones que no hacen más que rebajarnos, preparando más castigos que profundicen en el aprendizaje  del sometimiento. Debe quedarnos claro que siempre se puede sacar peor nota y que todos tenemos que contribuir en la remontada.
            Aquel que es humillado y avergonzado no es capaz de hablar de aquello que lo atenaza, pues eso agrandaría el desconsuelo y lo señalaría públicamente. Tampoco puede revolverse contra aquello que lo ataca, pues le falta orgullo y dignidad suficiente para creerse en el derecho de defenderse. Además, cuando consigue identificar al enemigo, éste es tan totalitario que no merece la pena ir contra él (por eso cualquier persona mínimamente contestataria produce una mezcla de simpatía y tristeza, pues se niega a admitir lo irremediable). En esta situación, al tratar de concretar a quien nos atenaza, algunos se dirigen contra los más débiles y se vuelcan en posiciones de extrema derecha señalando a inmigrantes o dependientes. Muchas veces se acusa al agotado y humillado trabajador de refugiarse en el escapismo del espectáculo más execrable, pero tan sólo la evasión es capaz de calmar por un momento esa amargura que produce la hiel de la vergüenza. Y aún así, nos vamos hundiendo un poco más en el sillón mientras agachamos la cabeza.
            ¿Cómo recuperar la dignidad expropiada abandonando el solipsismo de la autocompasión? ¿Cómo fortalecer la lucha social que ha comenzado con el 15M para que logre deponer el sistema? En el momento en que fuimos desclasados (unificados en el falso concepto de clase media) y se nos engañó con la aparente igualdad de oportunidades, renunciamos a lo único que nos era propio y que era la identidad como desposeídos y la consiguiente solidaridad. Se trata ahora de reanudar dicha colaboración a través de estructuras alternativas, conscientemente marginales con las que recuperar no tan sólo el amor propio y la confianza en nuestras capacidades, sino la legitimidad a oponernos. Participar, pues, en todos los pequeños proyectos que están surgiendo al calor del 15M y que profundizan en la autonomía y la desobediencia al sistema, que tratan de generar economías alternativas basadas en el valor real del trabajo y la riqueza productiva. Además, hay que nombrar a la vergüenza y compartirla, porque eso nos puede permitir el convertirla en rabia contra aquellos que nos deshonran y humillan. Y entonces estaremos preparados para superar el miedo, para salir a la calle, abandonar el discurso paralizador del lamento para optar por la oposición clara a la estafa que estamos sufriendo, porque sabemos que el desgobierno de Rajoy será breve y lo que ha de venir no puede ser peor.

domingo, 1 de enero de 2012

Rajoy se gasta 1.500.000 euros en gases lacrimógenos

El nuevo gobierno de Mariano Rajoy está dispuesto a recortar al máximo en gastos sociales, continuando y ampliando lo que ya estaba haciendo Zapatero. En previsión de la reacción que éstas y otras medidas van a provocar en el grueso de la población, se decidió el aprovisionamiento (adjudicado aun antes de las elecciones del 20N) de lo que técnicamente se denomina "productos pirotécnicos no letales para fuerzas policiales y militares", con un altísimo presupuesto que poco tiene que ver con el espíritu de "austeridad" que nos están cacareando hasta la nausea desde los medios políticos y financieros. 
Nos van a dar hasta en el cielo de la boca.



 
Ver en adjunto el PDF con el presupuesto del Estado del Boletín Oficial.

Fuente: Kaos en la red

sábado, 31 de diciembre de 2011

La mercantilización del juego


Actualmente en nuestra sociedad se supone que el juego es algo meramente infantil, una breve etapa que ha de superarse hacia el fin último que es la vida adulta. Desde esta perspectiva aceptada, el juego se ha entendido como algo inútil, un derroche de tiempo y energía, algo inclasificable e incomprensible una vez fuera del entorno estanco de la niñez. Paralelamente al proceso de deshumanización practicado por el capitalismo a todos los niveles de la vida de los adultos, la infancia ha sufrido su propia colonización y parcelación tras la cual cada niño que habita en el mundo desarrollado tiene que aprender a planificar su vida alternando los momentos de formación y los meramente lúdicos. La fragmentación de la vida infantil se ha realizado a través de las instituciones más obvias como las guarderías y colegios donde se separa a los niños de sus padres y se les alecciona en los conocimientos más útiles para la sociedad (siendo la primera lección “la finitud del apego familiar y el abandono”). Pero, como buena pieza del engranaje del sistema, el niño es absorbido y utilizado a través de la producción de infinidad de objetos de consumo muy especializados que van desde los sofisticados alimentos en los que se acumulan una variedad asombrosa de nutrientes y vitaminas hasta la ropa o los juguetes cuya multitud y pequeñas variaciones resulta aterradoramente infinita. En definitiva, cada uno de los instantes de las vidas de nuestros niños se encuentra tan mercantilizado, especializado y fragmentado como el del adulto en un proceso cuyas consecuencias podemos claramente imaginar.
A pesar del totalitarismo del mercado, basta una mirada rápida a una plaza atestada de niños para comprobar fácilmente cómo los juegos infantiles permanecen iguales en sus manifestaciones más espontáneas, sobreviviendo a los artefactos y juguetes que los propios niños arrastran, que entorpecen las carreras y que generan envidias y celos constantes entre ellos. Son los propios padres quienes se empeñan en embotar la capacidad imaginativa de sus hijos, pues acaban considerando que lo deseable de un niño es que éste permanezca ensimismado en un juego el máximo tiempo posible, eliminando cualquier contacto con los adultos más allá de los cuidados básicos. De este modo, las celebraciones se han convertido en oportunidades de acumular montañas de regalos en una competición entre aquellos juegos que tratan de enseñar habilidades, conocimientos o roles y aquellos otros que fascinan a los críos a través de las imágenes y videojuegos. En estos dos polos se conjugan todas las posibilidades lúdicas de nuestra infancia: por un lado, los juegos entendidos como un mero entretenimiento evasivo en los que se combinan diferentes instrumentos banalizadores de la imaginación como las películas o los videojuegos y, por otro lado, aquellos que deben preparar al niño a convertirse en el adulto de mañana, es decir, los juegos supuestamente educativos y el combinado imbatible de muñeca/balón.
En este sentido, hay padres que se devanan los sesos con sus mejores intenciones buscando el nuevo instrumento para la estimulación temprana de la capacidad cognitiva del bebé y que consiste, por ejemplo, en un puñado de etiquetas de tela cosidas que garantizan la exploración sensorial. Pues parece que no se puede perder ni un segundo para conseguir que nuestro hijo desarrolle todas sus potencialidades y moldearlo cual flexible plastilina hasta que alcance el coeficiente intelectual de Einstein. Y por eso, además, nuestro tiempo con él ha de convertirse en tiempo de calidad, esa compensación psicológica que jamás podrá adormecer los remordimientos por abandonarlo diariamente en la guardería mientras trabajamos. Nos podemos imaginar perfectamente a ese padre obsequioso que ha conseguido arañar un rato al trabajo para sentarse en el sofá con su niño, tratando de jugar a las nueve de la noche con un bebé agotado y llorón. Hay otros padres que le regalan a su hijo el balón para que vaya apuntando hacia un futuro exitoso y a ese balón le suman la equipación original, la mochila, el reloj-despertador, las sábanas de la cama y las babuchas hasta conseguir acorralar al crío con su idolatrado club de fútbol.  Y tampoco podemos olvidar que cuando una niña viste a su muñeca y la pasea en un carrito se está preparando como madre y aprendiendo el duro peso de la responsabilidad. Sea como sea, todos ellos esperan que sus tiernos infantes sean mañana un premio Nobel o Ana Obregón y orientan los juegos a la consecución de un objetivo.
A este ejercicio de expropiación del juego, de planificación y diseño constante de cada momento de los niños hay que añadir una explotación mercantil más con la adoración a las marcas a través de los personajes de dibujos animados o de equipos de futbol: Bob Esponja, Gormiti o Dora la explotadora. Haciendo prácticamente imposible encontrar un muñeco que no reproduzca alguno de estos engendros. Estas navidades han sido Draculaura y las Barbies modernizadas de Monster High quienes han conseguido agotar existencias. Unas muñecas dirigidas a niñas de 6 a 10 años y que repiten hasta el hartazgo los trasnochados estereotipos de la feminidad adolescente. Para colmo, para conseguir este instrumento de adoctrinamiento infantil, los padres han tenido que guardar colas y vigilar las reposiciones en los grades almacenes con una sonrisa indulgente hacia el fetichismo de tu hija, que sueña con ser la más presumida del insti.
Draculaura y sus colegas.

Y, por supuesto, las videoconsolas se han convertido en el juego por antonomasia, imprescindible en la integración y socialización de las criaturas. ¿Quién puede negarle a su hijo la Nintendo 3D por 150 euros? Así le tendremos arrinconado, bien calladito, tecleando mientras los coches de Mario se adelantan unos a otros o cuidan a su mascota virtual. Además, la 3 D debe desarrollar la inteligencia de los niños de manera extraordinaria, al fin y al cabo la vende Eduard Punset (quien con una sonrisa estúpida exclamaba “es como deberíamos ver todas las cosas”). A esto se suma el enfoque para toda la familia con el que se promocionan estas tecnologías, porque resulta difícilmente reprochable que un niño agote sus horas jugando en la videoconsola si el entretenimiento lo comparte con sus padres.
Desde esta perspectiva utilitarista, el juego y los juguetes deberían ser relegados tras la infancia y de hecho, aparentemente, este proceso se desarrolla cada día a una edad más temprana. Las chicas esconden las muñecas mucho antes de llegar al instituto y los chicos empiezan muy pronto a jugar al futbol con la intención de entrenarse. Ya no pierden el tiempo soñando o imaginando, sino que tratan de alcanzar logros y así conseguir el tan ansiado apoyo de sus padres. Pero, como hemos indicado, en una sociedad en la que se prolonga la adolescencia hasta la nausea, tan inmadura como para concebir la independencia a partir de los 30 años, el juego no se abandona sin más, sino que se sustituye el juguete por la perpetua interactividad de los cacharritos informáticos y los excitantes juguetes sexuales (esos pecadillos de la incentivada industria erótica, pues la colonización del imaginario hace tiempo que convirtió el sexo en mercado).
¿Será capaz de sobrevivir al totalitarismo el verdadero juego? Ese juego inútil, gratuito, superabundante de la infancia que convertía en un proscrito al tramposo. Esos ritos indescifrables para los adultos que embebían a los niños hasta olvidarse de la merienda. ¿Seremos capaces de preservar el tiempo suficiente para que nuestros hijos puedan habitar El país de los Juguetes que recreaba Collodi en Pinocho? Él lo describía así: Este país no se parecía a ningún otro país del mundo. Su población estaba compuesta exclusivamente por niños. Los mayores tenían catorce años, los más jóvenes apenas llegaban a los ocho. En las calles había una alegría, un estrépito y un vocerío como para volverse loco. Bandas de chicuelos por todas partes; unos jugaban a los dados, otros al tejo, otros a la pelota, unos montaban en velocípedos y otros en caballitos de madera; unos jugaban a la gallina ciega, otros al escondite; otros, vestidos de payasos, comían estopa  encendida; unos recitaban, otros cantaban, otros daban saltos mortales, otros caminaban con las manos en el suelo y las piernas por el aire, unos rodaban el aro, otros paseaban vestidos de generales con un gorro de papel y un sable de cartón; reían, chillaban, llamaban, aplaudían, silbaban, imitaban el cacareo de la gallina cuando pone un huevo... En suma, un verdadero pandemonium, una algarabía, un endiablado alboroto, como para ponerse algodones en los oídos, so pena de quedarse sordos. En todas las plazas se veían teatrillos de lona, atestados de niños de la mañana a la noche, y en todas las paredes de las casas se leían inscripciones al carbón de cosas tan pintorescas como éstas: ¡Vivan los jugetes! (en vez de juguetes), no queremos más hescuelas (en vez de no queremos más escuelas), abajo Larin Mética (en vez de la aritmética), y otras  maravillas por el estilo.

martes, 6 de diciembre de 2011

Navidades combustibles

     Van acercándose las navidades y comulgaremos en los rituales de las mercancías. En medio del caos nos aferramos a nuestro credo con un fanatismo suicida demencialmente exaltado por los medios de comunicación.
     Repetimos incansablemente el mantra del fetiche tratando de exorcizar los malos tiempos. Pero el espejismo tiene pocas probabilidades de sostenerse, por ello, en estas entrañables fechas podremos ver simultáneamente aglomeraciones en los centros comerciales y en las oficinas del paro. Y ambos hechos no son en absoluto incompatibles, precisamente para eso está la paguita. La pobreza ya no es excusa, todos podemos obtener nuestra cuota de mercancía.
     En el reino de la abundancia los fetiches están al alcance de todos fortaleciendo la base de nuestra democracia, en la que poco importa tu color, tu nacionalidad o credo. Ni siquiera es ya importante el concepto de exclusividad que se reservaba a los productos de marca o exquisiteces de gourmet. Todos podemos probar en carne propia lo mal que nos sienta ponernos un Versace o comernos un par de kilos de langostinos, pues cada uno de ellos tiene ya su versión cutre (o low cost, en el vocabulario de la publicidad).

      Igualmente, todos los españoles tendremos la oportunidad de engordar un kilo y medio a base de mantecados y mayonesa a los que habrá de sumar las horas perdidas en conversaciones familiares protocolarias o hirientes, mientras se suceden las estupideces ilimitadas de la televisión.
       Por todo ello, la nocividad de las repugnantes navidades alcanzará nuevamente cotas aterradoras: desplazamientos en coche quemando combustible, iluminación decorativa tan cegadora como para ocultar la estrella de Belén, ingesta de alimentos que nos envenenan a nosotros y a la naturaleza (como el salmón o los insípidos langostinos), sustitución de gadgets informáticos obsoletos por otros más fútiles y caducos,  acumulación de ropa y cultura como regalos más socorridos, etc. 
     Comprar, gastar y consumir hasta que acabemos con todo.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El sueño de Papandreu produce referendum.

      Cuando ya no se puede asfixiar y humillar más a un pueblo, cuando se han mendigado hasta lo vergonzoso las draconianas “ayudas” del capitalismo, cuando las migajas de aquello que se llamó bienestar las han devorado los mercados y el caos se arremolina sobre la desvalida Grecia. Entonces al primer ministro Papandreu se le ocurre permitirle al pueblo griego un último corte de mangas antes de abandonarse a ese más allá ignoto que ha de encontrarse tras la protectora Europa. A estas alturas es normal que nos dé la risa floja.
      Así, frente a la devastación que ha puesto en marcha el capitalismo agonizante, la estafa de la UE ha mostrado una y otra vez su verdadero rostro y se ha cebado a costa de los cerdos mejor nutridos. Por eso, al igual que Portugal e Italia, tenemos que ir haciéndonos el cuerpo para sobrevivir (olvidémonos de habitar) en una vorágine de pérdida de derechos y empobrecimiento programado hasta que llegue el tan ansiado fin del sistema.
      Y, sin embargo, Papandreu ha sido capaz de realizar la voltereta más asombrosa y descabellada que pudiera imaginarse al pedir opinión a los griegos sobre su futuro. Nos lo imaginamos empapado de sudor en mitad de la noche, volviendo una y otra vez la cabeza en la almohada y asaltándole repentinamente una idea loca, absurda y sin embargo nítida e inmisericorde. Papandreu tuvo un sueño, el de una Grecia donde la batalla entre el capitalismo y la democracia sea ganada por el pueblo, quien por fin será dueño de su destino. Y ha decidido afrontar las consecuencias políticas y personales que sean necesarias, porque no cederá hasta conseguir retornar a Grecia la democracia.



      En realidad, no asistimos más que a un espejismo, a un borroso reflejo de aquello que se llamó soberanía y que al pueblo griego se le permite tarde y cuando ya no hay salida. Resulta absolutamente repugnante observar a un político entonar el mea culpa. Inmediatamente uno se pregunta ¿cómo de grave será lo que ha hecho? ¿qué oculta? ¿a quién beneficia? Esos gestores implacables, que han doblegado la democracia buscando el favor del sistema, de repente se vuelven escrupulosos y, como Zapatero, se responsabilizan de la tragedia de 5.000.000 de parados. Su babosa humanidad de cuento de navidad nos produce arcadas.
      En fin, no sabemos si nos quedará humor para resistir la cara de consternación de nuestro próximo presidente cuando anuncie su plan de salvación. Quizá sea preferible naufragar cuanto antes ...

       Posdata: 2 horas después de publicar esta entrada el primer ministro griego Papandreu ha declarado que todo era una broma y que no se va a votar nada.

martes, 23 de agosto de 2011

Autonomía obrera: todo el poder para la asamblea.

Excelente documental que mediante un inteligente uso del humor y los testimonios de varios integrantes del movimiento en los 70 nos sirve de muy buena introducción al tema de la autonomía obrera.